Doctora: Qué te ocurre.
Jacobo: Tengo una masa muy grande en el abdomen.
Doctora: Veamos, túmbate.
Jacobo: No, es que cuando me tumbo desaparece.
La doctora levanta una ceja, me mira de arriba abajo y repite.
Doctora: Túmbate.
Obedezco a sabiendas de que en breves la tipa me pedirá levantarme. Ella comienza con su indagación en la zona que yo le indico, después aumenta el cerco para terminar buscando por el abdomen en su totalidad.
Doctora: Pues yo no noto nada.
Jacobo terminando de leer el póster sobre las ventajas de la lactancia materna: porque cuando me tumbo desaparece.
Doctora: esta bien. Ponte en pie.
De nuevo comienza su masaje, y esta vez no pasa ni un minuto hasta que lo encuentra. Es muy grande (más que un puño), duro y se mueve con facilidad. La doctora lo toca, y lo toca, y lo toca... de vez en cuando levanta la ceja o me pregunta por dolores, micción y demás intimidades. Todo bien, excepto ese enorme intruso.
Doctora: Una hernia desde luego no es... te voy a pedir una analítica y rayos x, por favor túmbate y espera.
A lo largo de dos horas vienen enfermeras con jeringuillas, amigos de la doctora con la doctora que me tocan el bulto de pie y se maravillan de cómo desaparece cuando me tumbo, un tipo que me lleva a hacerme placas, y una señora que buscaba a su hijo recién accidentado. Salgo de allí a las diez de la noche con papelito que dice que todo está bien pero que en el hipocondrio derecho tengo "una tumefacción que en decúbito desaparece" (esta última palabra está subrayada). Me remite a cirugía, oncología y pide una eco abdominal.
Me ve antes el médico de cabecera. Opina que la de guardia no tiene ni idea, que un bulto tan grande (lo dice mientras me toca en bipedestación) no DESAPARECE, simplemente cae a la espalda. Me tumba después, y me masajea el abdomen para seguidamente girarme e indagar por mi espalda. Su palpación suave poco a poco se hace un poco más dura, más aguda y cuando comienza a meterme los dedos entre las costillas me quejo.
- Es que no lo encuentro - protesta.
- Porque desaparece cuando me tumbo - repito.
Salgo de allí dejando a la mujer más bien aturdida.
Enfermera: Bien Jacobo, ahora viene el doctor para hacerte la eco. Túmbate.
Jacobo: Es que cuando me tumbo desaparece.
Enfermera: Jacobo, si el bulto está la eco lo va a ver. Te va a ecografiar hasta la camilla sobre la que te apoyas.
Me tumbo.
Cinco minutos después viene el doctor que es oncólogo. Me pone tres litros de gel y comienza a mover la maquinita. Amablemente ha girado la pantalla para que pueda yo disfrutar de las vistas de mis vísceras. Me pide inspirar, toser, girarme... mientras él mide cosas cuya forma no distingo.
Oncólogo: Pues yo no veo nada.
Jacobo sigue con su cantinela: Es que cuando me tumbo desaparece.
Oncólogo: Ponte en pie.
El tipo encuentra el bulto en apenas tres segundos.
Oncólogo: Hummm, es muy grande.
Coge el aparatito y comienza a ecografiar.
Oncólogo que se ríe: No me lo puedo creer. ¿Has tenido algún fuerte golpe últimamente?
Jacobo: Un accidente hace un par de años. Estuve tres días en coma.
Oncólogo: Bueno, pues parece que te ha causado nefroptosis.
Jacobo: ¿y eso que es?
Oncólogo: Pues que tienes un riñón flotante. En bipedestación cae, y en decúbito vuelve a su lugar. Nada serio.
Jacobo: ¿Pero de eso no murió Ivan Illich?
En oncólogo comienza a recoger sus bártulos.
Oncólogo: En la Rusia de Tolstoi hace dos siglos sí, pero actualmente ni si quiera se opera.
Salgo de allí con mis ecografías. Por lo visto mi riñón se encuentra a 11 milímetros del exterior. Así que no me quedará más remedio que matarme a abdominales sino quiero que mi zona central sea altamente vulnerable.
En fin... que últimamente no hago sino acumular rarezas físicas. Va a flipar el pobre forense que haga la autopsia a mi cadáver.
Jacobo: Tengo una masa muy grande en el abdomen.
Doctora: Veamos, túmbate.
Jacobo: No, es que cuando me tumbo desaparece.
La doctora levanta una ceja, me mira de arriba abajo y repite.
Doctora: Túmbate.
Obedezco a sabiendas de que en breves la tipa me pedirá levantarme. Ella comienza con su indagación en la zona que yo le indico, después aumenta el cerco para terminar buscando por el abdomen en su totalidad.
Doctora: Pues yo no noto nada.
Jacobo terminando de leer el póster sobre las ventajas de la lactancia materna: porque cuando me tumbo desaparece.
Doctora: esta bien. Ponte en pie.
De nuevo comienza su masaje, y esta vez no pasa ni un minuto hasta que lo encuentra. Es muy grande (más que un puño), duro y se mueve con facilidad. La doctora lo toca, y lo toca, y lo toca... de vez en cuando levanta la ceja o me pregunta por dolores, micción y demás intimidades. Todo bien, excepto ese enorme intruso.
Doctora: Una hernia desde luego no es... te voy a pedir una analítica y rayos x, por favor túmbate y espera.
A lo largo de dos horas vienen enfermeras con jeringuillas, amigos de la doctora con la doctora que me tocan el bulto de pie y se maravillan de cómo desaparece cuando me tumbo, un tipo que me lleva a hacerme placas, y una señora que buscaba a su hijo recién accidentado. Salgo de allí a las diez de la noche con papelito que dice que todo está bien pero que en el hipocondrio derecho tengo "una tumefacción que en decúbito desaparece" (esta última palabra está subrayada). Me remite a cirugía, oncología y pide una eco abdominal.
Me ve antes el médico de cabecera. Opina que la de guardia no tiene ni idea, que un bulto tan grande (lo dice mientras me toca en bipedestación) no DESAPARECE, simplemente cae a la espalda. Me tumba después, y me masajea el abdomen para seguidamente girarme e indagar por mi espalda. Su palpación suave poco a poco se hace un poco más dura, más aguda y cuando comienza a meterme los dedos entre las costillas me quejo.
- Es que no lo encuentro - protesta.
- Porque desaparece cuando me tumbo - repito.
Salgo de allí dejando a la mujer más bien aturdida.
Enfermera: Bien Jacobo, ahora viene el doctor para hacerte la eco. Túmbate.
Jacobo: Es que cuando me tumbo desaparece.
Enfermera: Jacobo, si el bulto está la eco lo va a ver. Te va a ecografiar hasta la camilla sobre la que te apoyas.
Me tumbo.
Cinco minutos después viene el doctor que es oncólogo. Me pone tres litros de gel y comienza a mover la maquinita. Amablemente ha girado la pantalla para que pueda yo disfrutar de las vistas de mis vísceras. Me pide inspirar, toser, girarme... mientras él mide cosas cuya forma no distingo.
Oncólogo: Pues yo no veo nada.
Jacobo sigue con su cantinela: Es que cuando me tumbo desaparece.
Oncólogo: Ponte en pie.
El tipo encuentra el bulto en apenas tres segundos.
Oncólogo: Hummm, es muy grande.
Coge el aparatito y comienza a ecografiar.
Oncólogo que se ríe: No me lo puedo creer. ¿Has tenido algún fuerte golpe últimamente?
Jacobo: Un accidente hace un par de años. Estuve tres días en coma.
Oncólogo: Bueno, pues parece que te ha causado nefroptosis.
Jacobo: ¿y eso que es?
Oncólogo: Pues que tienes un riñón flotante. En bipedestación cae, y en decúbito vuelve a su lugar. Nada serio.
Jacobo: ¿Pero de eso no murió Ivan Illich?
En oncólogo comienza a recoger sus bártulos.
Oncólogo: En la Rusia de Tolstoi hace dos siglos sí, pero actualmente ni si quiera se opera.
Salgo de allí con mis ecografías. Por lo visto mi riñón se encuentra a 11 milímetros del exterior. Así que no me quedará más remedio que matarme a abdominales sino quiero que mi zona central sea altamente vulnerable.
En fin... que últimamente no hago sino acumular rarezas físicas. Va a flipar el pobre forense que haga la autopsia a mi cadáver.








